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David Bowie y la música electrónica

Publicado: 16/01/2016

Artistas, Especiales, Videoclips

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David Bowie - LowEl pasado 11 de Enero nos dejó el Duque Blanco, el mayor genio musical de nuestro tiempo y lo hizo como solo él sabe, regalándonos ese canto de cisne que es Blackstar, una obra cuasi póstuma, sumamente épica y que, tras el deceso de su autor, adquiere unas dimensiones que pocos trabajos han logrado a lo largo de la historia.

Blackstar veía la luz el mismo día de cumpleaños de David Robert Jones, y no nos hemos percatado de su carácter testamentario hasta después del fatal desenlace; un desenlace llegado tras una fuerte lucha contra un cáncer de hígado; litigio a vida o muerte que sir Bowie mantenía en el más absoluto de los secretos.

Pero no quiero hacer un panegírico de este grande entre los grandes, sino explorar en la discografía de David Bowie, y más concretamente en la parte que más interesa a los seguidores de esta web; y que es su lado más electrónico, ya que, de todos es sabido, la apuesta de este genio por la música sintética a lo largo de su carrera, muy acorde con su filosofía alienígena y su amor por los asuntos astronómicos y la ciencia ficción en general.

La etapa berlinesa:

Si tenemos que introducirnos en el amor de este grande por la música electrónica, debemos retrotraernos hasta 1977, año en que comenzaba su llamada etapa berlinesa. Atrás quedaba la furia rockera de su lado americano; cuando decidió, desencantado con la cultura retrograda y bastante cerrada de mente, de la sociedad estadounidense, trasladarse a Berlín, una ciudad por la que se sentía enormemente fascinado y arrastrando con él a su gran amigo Iggy Pop.

Allí decidió abrirse a nuevos sonidos y romper definitivamente con esa figura del glam, que parecía haber firmado su sentencia de muerte con Aladdin Sane, justo antes de embarcarse en su polvorienta aventura americana. Para su primer trabajo de esta época decidió juntarse con otro amigo; nada más y nada menos que el ex Roxy Music Brian Eno, que ya en esos tiempos estaba considerado como el gran teórico del ambient e incluso patrón del sonido de la new age y su primera incursión conjunta fue el mágico y sorprendente Low.

La experimentación se adueña de buena parte de la obra, aunque si bien al principio sigue una senda más acomodaticia, ahí están Speed Of Life o Sound And Vision, sí que denotaba que nada iba a ser como antes, predominando un sonido instrumental y un amor por los Moogs y los aparatos sintéticos. Mayor sorpresa llega en la segunda parte del álbum, donde si se congregan autenticas piezas de orfebrería sonora del máximo nivel; percibiendo la influencia del krautrock, el espíritu de Tangerine Dream , todo ello acorde a la visión periférica de Brian Eno, pariendo gozadas como Warszawa o Subterranean, plagadas de una multitud de texturas, mezclando sonidos que pueden sonar a épocas pasadas y también a tiempos futuros o incluso a mundos interplanetarios. Bowie, como buen autoproclamado alienígena, había logrado encontrar el sonido extraterrestre que estaba buscando desde los inicios de su carrera.

David Bowie - Let's DancePero alguien tan inquieto como David no podía quedarse ahí, y ese mismo año publicaba un nuevo álbum, a la par que producía a Iggy Pop, que sacó su The Idiot bajo la batuta del Duque. De nuevo junto a Brian Eno, veía la luz Heroes, donde se percibían las ganas de ruptura total con todo lo anterior, incluida su época glam, de la que él fue estandarte. De nuevo los ritmos sintéticos se adueñaban del contexto y nos ofrecían nuevas piezas sorprendentes, quedando precisamente el tema principal y que bautizaba al LP, como el único que se salía de la tangente, acercándose a un sonido más convencional. Pero precisamente en la cara B del single que sirvió para presentar este hit, estaba toda una declaración de intenciones. Se trata de V-2 Schneider, un tema tributo a Florian Schneider, miembro de nuestros amados Kraftwerk, y cuya influencia se denota en esta nueva etapa.

Aún quedaba un disco para completar esta trilogía berlinesa, se trata de Lodger, de nuevo Brian Eno se sumaba a la ecuación, y de nuevo la parte sintética del discurso se erigía como fundamental e incluso se sumaba a la onda clubbing, tributando a sus principales figuras, como demuestra en su tema DJ donde ensalza la figura de este maestro de ceremonias a categorías épicas: I’m A DJ, And I’ve Got Believers. Desde luego, una sentencia profetica de los tiempos que estaban por venir.

El Bowie New Romantic:

Con la década de los 80, llegó también la estandarización de la música electrónica, que ya estaba presente en casi todas las producciones de éxito de la época y Bowie, tras dar por finiquitada su etapa berlinesa y de nuevo en su Inglaterra natal, decidió tender la mano hacía sonidos más comerciales, tras el denso universo desplegado con su previa trilogía. Y, cómo no, después de haber sido pionero en el uso de maquinas para su música, aquí no iba a ser menos y ya en 1980, nos ofreció esa obra maestra del sonido new romantic, que haría palidecer a los mismísimos Duran Duran, que es Scary Monsters (and Super Creeps). No solo sacó a relucir su vena new romantic, como demuestra el esplendido Ashes To Ashes, donde desvelaba el destino del Major Tom de Space Oddity, y donde contó con colaboración videoclipera por parte del también fallecido, y miembro de Visage, Steve Strange, sino también la new wave más avanzada, como se puede percibir en Teenage Wildlife, o el post disco, ahí tenemos el infeccioso Fashion, que nos llevaba hacía mundos hedonistas y llenos de brillantina.

David Bowie - EarthlingPero sin lugar a dudas, fue Let’s Dance, publicado tres años más tarde, el que ya sacó la vena synth pop definitiva de Bowie. No hace falta nombrar el hit homónimo del álbum para darse cuenta de ello; sino que podríamos enumerar auténticos temas cuyo espíritu synth está más que potente, como ese estupendo Modern Love; así como la intervención de Giorgio Moroder en Cat People o el talkingheadniano, Ricochet; sin olvidar que tras la producción de la obra entera estaba ese otro gran genio que es Nile Rodgers y que convierte en oro todo lo que toca (y si hablamos de Rodgers y Bowie no existe metal precioso sobre la faz de la tierra que describa lo que puede salir de ahí). Sin dudas, su mayor éxito comercial y de nuevo con los acompañamientos sintéticos como bandera.

Esta época disco romántica, se mantendría durante unos cuantos albums mas; con el discotequero Nightlife, con colaboraciones de Tina Turner o el amiguísimo Iggy Pop; el sumamente ochentero soundtrack del film Labyrinth, compartido con Trevor Jones y donde él propio Bowie haría sus papeles cinematográficos más populares; o el menos popular Never Let Me Down; que a pesar de no estar a la altura de sus precedentes, incluía joyitas como Day-In Day-Out o Glass Spider. Puros y eternos ritmos ochenteros, dentro de su simpático y afable petardeo.

Esos electrónicos 90:

Y llegaron los felices 90, aunque el genio de Brixton aún tardó en publicar disco en esta época, y es que hasta 1993 no se decidió a ofrecernos nuevos trabajos; y lo hizo solo como el sabe; absorbiendo los ritmos que estaban pegando fuerte en esa época y haciéndolos suyos. Su amor por la electrónica no solo no se había perdido, sino que parecía haberse exacerbado con la entrada de las nuevas corrientes; y, de esta manera, estilos como el trip hop, el house, el techno o el drum n’ bass no fueron desechados a la hora de elaborar sus nuevas y potentes obras.

Ese mismo año, sorprendió con dos trabajos. Por un lado, el conceptual Black Tie White Noise, en el que, como buen observador, supo reinterpretar el sonido vanguardista de la época; desde The Beloved (Jump They Say); Massive Attack (The Wedding Song) o incluso los KLF (Pallas Athena); o reinventando su propio estilo, llevándolo a una dimensión que se movía entre el funk intelectual de Prince y el eurobeat más prosaico (I Feel Free, Lucy Can’t Dance). Y el otro álbum con el que sorprendió en este 1993 fue The Buddha Of Suburbia, en realidad un soundtrack para una serie de la BBC, pero que sirvió para que el genio sacará lustre a sus maquinas preferidas, dando como resultado joyas tan increíbles como ese potente Sex And The Church.

Pero esto era solo el comienzo, y es que en 1995 Bowie volvió a solicitar los servicios de Brian Eno para otra de sus obras más conceptuales, el irreverente Outside, que salió a la venta en una época en la que el mercado lo copaban bandas como The Prodigy, Leftfield, Underworld o The Chemical Brothers, y eso se hizo denotar en el contenido del disco. Ahí tenemos el enérgico Hallo Spaceboy, donde el breakbeat se torna poderoso en una maraña de energía cinética que obliga al movimiento incontrolado; o el trip hop rítmico, de nuevo con Massive Attack o Tricky en la casa, de cortes como The Heart’s Filthy Lesson. Y tampoco es desdeñable la multitud de elementos ambientales que se dispersaban a lo largo del disco, obra y gracia de Eno y que exacerbaban el toque arty de la obra.

David Bowie - BlackstarLo de Bowie con la música electrónica empezaba a convertirse en todo un romance; y en sucesivos años, la conjunción entre artista y estilo no hizo sino subir peldaños hasta límites insospechados. En 1997, se publicaba Earthling que ya se abría con los breaks salvajes de Little Wonder (¿Alguien dijo Prodigy?) y continuaba ofreciendo piezas tan precisas como I’m Afraid Of Americans (con un implícito toque Sabres Of Paradise o Dreadzone); o el jungle de Battle For Britain o The Last Thing You Should Do (donde se notaba la sombra de Goldie, entre otros). Y ya en el ocaso de la década, tras el exceso de sus tres anteriores álbums, Bowie retomaba su vena rockera pero sin dejar de flirtear con la electrónica en Hours…; allí estaba ese heavy tamizado en funk sintético de New Angels Of Promise; o el ambient étnico de Brilliant Adventure; sin olvidar la edición doble del disco, con un segundo LP extra donde la electrónica comía terreno al rock (Como prueba esa revisión, en clave Underworld, del adictivo The Pretty Things Are Going To Hell).

Con el fin de los 90, también acaba el fervor electrónico del inquieto Bowie, que en sus siguientes, y más dispersos en el tiempo, trabajos volvía al toque neoclasicista, incluso afianzando su carácter de crooner vanguardista. Sin embargo, esto no era el fin de su relación con la música emanada de las maquinas, ya que aún le quedaba un as en la manga.

Blackstar:

Sorpresivamente, y tras ese maravilloso The Next Days, se anunciaba nuevo disco de Bowie; un disco que parecía regresar a los tiempos de su periplo berlinés; mas conceptual y oscuro, acudiendo a los sonidos cósmicos del krautrock, al universo kraftwerkiano y a las enseñanzas de su amigo Brian Eno. Y es que la electrónica es un buen vehículo para sacar todo lo que guardas en tu interior, abrirte ante un público que desea penetrar en el interior de tu alma y saber que se siente tras el hermetismo de un caparazón de misterio e incertidumbre. Todo eso expresaba el contenido de Blackstar, comenzando por el tema homónimo; krautrock y nu jazz dándose la mano en un maratoniano ejercicio conceptual; pasando por la colaboración a la batería de James Murphy, líder de LCD Soundsystem, una de las bandas electrónicas fundamentales de este siglo, en temas como Sue (Or In A Season Of Crime); hasta ese grito de despedida que supone Lazarus; todo ello simbolismos que la mayoría solo supimos interpretar hasta después de su deceso.

Con este testamento, nos deja el último gran genio de la música, el humano que no se sentía como tal y que buscaba su identidad más allá de las estrellas; con la música electrónica como herramienta a lo largo de buena parte de su carrera, llevándola a dimensiones hasta entonces reservadas a unos pocos sibaritas. Sea como sea, el Duque Blanco está ahora donde siempre quiso, en los confines del espacio, entre astros imposibles y quizá, acompañando al Major Tom en su odisea espacial o como Ziggy Stardust, dirigiendo a las arañas marcianas hacía la conquista de nuevos universos.









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